II Jornada sobre Bienestar Educativo organizadas por el COP
El pasado 14 de febrero en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid en Pozuelo de Alarcón tuvo lugar la II Jornada sobre Bienestar Educativo organizado por el COP (Consejo General de la Psicología de España). Se hace cada vez más necesaria la implicación de todos los agentes educativos para que el sistema mejore. Más allá de todos los intereses existentes y desde la libertad siempre debe primar el interés del menor, su contexto, sus necesidades y la prevención para no tener que reparar.
Los firmantes del manifiesto, organizaciones estatales por el bienestar de la comunidad educativa: CEAPA, CONCAPA, CANAE, Sindicato de Estudiantes, STES-Intersindical, FSIE, FEUSO, FEDADi, ASITES, ANIR, ACIPE, ANPE, se dieron cita para compartir experiencias desde el punto de vista de la entidad que representan, para formarse escuchando a los distintos ponentes que se dieron cita tales como D. José Pedro Espada Sánchez, Dña. Maite Garaigordobil, D. José Antonio Luengo Latorre y D. Pablo José Olivares Olivares. Todas las organizaciones estuvieron representadas excepto la Administración, uniéndose e intentando dar respuesta a las necesidades del alumnado para mejorar su salud mental y, por ende, favorecer el aprendizaje y la autoestima, favoreciendo la formación integral y el crecimiento y madurez de nuestros hijos.
El programa de las jornadas puede consultarse en el siguiente enlace: Bienestar Educativo y la jornada en su totalidad puede verse en YouTube. Próximamente en la revista online https://www.infocop.es/ irá publicando noticias resumiendo los contenidos de este evento.
-Dña. María Capellán. Madre, Presidenta CEAPA.
-Dña. Nerea Garres. Estudiante, Secretaría Internacional, Convivencia y Equidad Educativa CANAE.
-D. Jesús Pueyo. Maestro, Secretario General FSIE.
-Dña. Marisol Louro. Directora, Secretaria FEDADI.
-Dña. Teresa Conde y D. Juan Cuatrecasas, ANIR.
-Dña. Elena Fernández. Psicóloga, ASITES y miembro del Teléfono de la Esperanza.
Transcribimos literalmente las palabras que escribió y leyó nuestra presidente en representación de las familias y su experiencia en la ya mencionada mesa redonda:
«No sé en qué momento alguien se le ocurrió prescindir de profesionales de la salud mental en el ámbito educativo. No sé en qué momento se borró la importancia del cuidado de la mente para que no sólo el aprendizaje mental, sino la vida, para que se tuvieran las herramientas y los recursos necesarios para hacerla frente, para luchar contra los fantasmas que nos acompañaron a todos en muchos momentos de nuestra vida, y que se van guardando en la mochila de nuestros recuerdos bien como luchas internas que aún siguen dando guerra, como de luchas ganadas a esa parte de nuestro alma que se nos hace difícil de controlar, los pensamientos. Quizás antes aprendimos “a pedal” de experiencias y sin sabores, y nos convertimos en lo que somos hoy.
Siguiendo con mi argumentación, en qué momento a alguien se le “olvidó” que la salud mental no es un pilar fundamental en el desarrollo de niños y adolescentes, fundamental para que sean adultos sanos y evitar psicopatías, sociopatías u otras -patías latentes. Vayamos más allá. El bienestar emocional es imprescindible porque determina la manera de aprender, de cómo se aprende y del cómo uno se enfrenta a la vida y a los problemas, de cómo relacionarse, de cómo tener confianza en uno mismo y, no menos importante, identifica qué te pasa para poder dar soluciones. Si cuando un niño crece en un entorno estable, existen problemas, imaginemos cuando ese entorno no es propicio a la estabilidad en afectos y emociones, que llevarán a que el camino que emprenda sea mucho más abrupto.
Las familias, que es mi terreno, desempeñan un papel fundamental y central en este proceso. Somos los primeros modelos emocionales para nuestros hijos. Acordaros que de bebés los niños no hablan, pero tiene 2 ojos y dos oídos para observar y oír el doble. La manera en que gestionemos los conflictos o discusiones en pareja, porque las hay, influye en la estabilidad psicológica de nuestros vástagos. Un hogar donde se fomenta el diálogo, el respeto y la compresión, donde se comparte tiempo de estar y de escuchar, de convivir juntos, fortalece esa autoestima necesaria para enfrentarse con armas, con recursos, a los problemas y a las diversiones.
Nuestros hijos pasan muchas horas conviviendo en el ámbito escolar. No sólo es con iguales sino con profesores que son autoridad y ejemplo. Los colegios no sólo son un espacio de aprendizaje académico, son un laboratorio de convivencia y sociedad, de desarrollo personal, un tubo de ensayo donde los errores son menos errores que cuando se sale a “enfrentarse al mundo”, o por lo menos, donde todo tendría que ser más fácil solucionar y retroceder. Son ellos, los maestros y profesores, los que ofrecen, cuando nosotros no estamos, ese entorno favorable de reconocimiento de emociones, de apoyo, de respeto y seguridad, para, no lo olvidemos, favorecer una educación integral.
No quiero hablar solo desde la teoría, sino desde la realidad, porque sólo cuando la enfermedad mental afecta a una familia, es cuando todo cambia, trastoca los cimientos de la unidad social por antonomasia, la familia. Ver sufrir y no poder ayudar cualitativamente, provoca impotencia y dolor, y si es tu hijo el que lo sufre, todo ello se eleva a la enésima potencia, desgarrando hasta el alma.
Sigo, seguimos apostando, por crear en los colegios entornos seguros, personas que puedan gestionar conflictos, ser receptores de inseguridades, que consideren el secreto de “confesión” como un principio fundamental para contribuir con ese espacio seguro a dar soluciones y resolver situaciones complicadas, donde se pueda establecer un diálogo de confianza entre el alumnado y el profesorado sobre lo que les preocupa, aquello que han visto, o lo que están viviendo en sus casas, por ejemplo. Sólo en un ambiente seguro, somos capaces de poder hablar sin remordimientos, sin temor, sin ese miedo que paraliza.
Podríamos destacar muchas de los problemas a que se enfrentan nuestros hijos, que no son tan diferentes a los que nos enfrentamos nosotros en esa ya lejana adolescencia, en la que navegábamos como ellos en un mar de dudas, de inseguridades, de vergüenzas, de sinsabores… Ansiedad, estrés y problemas emocionales, acoso (que no es algo nuevo) son los mayores retos a los que enfrentarse y deberán en muchos casos aprender a saber a vivir con ellos, a identificar los síntomas, a dominar los pensamientos que se hacen fuertes, a romper esa barrera para vislumbrar la solución o poder mantener ese entorno favorable, conseguir saber cómo despistar la mente de lo que le entorpece para encontrar no la mejor solución, sino la solución que esté acorde con nuestra estabilidad. Soluciones hay muchas.
Aún ni hemos rozado el tema que trae otras complicaciones a su vida y en la que nosotros sí que tuvimos herramientas porque hemos ido avanzando con ella, la tecnología. El saber cómo resolver asuntos sin la tecnología, nos ha hecho fuertes ante ella, nos ha dado otro abanico de posibilidades del que ellos carecen. En general, nunca es bueno generalizar, nos educaron en la paciencia de no esperar la inmediatez, en no malgastar y apurar al máximo los zapatos, en estudiar con papel y boli, en la importancia de la limpieza en los apuntes y en ir ordenando las ideas mientras se agolpan en nuestra mente para poder escribir un texto con coherencia. El camino tampoco fue de rosas porque lo fácil y lo cómodo es contraproducente al aprendizaje; para que haya realmente un aprendizaje se necesita de esfuerzo y un mínimo de dificultad.
Ellos, en muchos casos, se lo han encontraron todo hecho, todo rápido, todo “seguro”. Es lo que les ha tocado vivir. Es nuestra brecha generacional con ellos, que no dista mucho de la que tuvimos con nuestros padres. No les ha dado tiempo a desarrollar estrategias distintas al uso de tecnología; sin embargo, sí tienen esas herramientas para encontrar la solución para la tecnología. No tenemos aún esa perspectiva que nos otorga esa visión necesaria para poder analizar con detalle todo lo que les está pasando y las consecuencias que tendrá en su desarrollo como personas y por ende como sociedad. Lo que sí es cierto que, si la escuela puede realizar una gran labor sobre el uso y el consumo de la tecnología, también es cierto y de máxima prioridad que las familias controlemos su uso en nuestras casas, que no demos los móviles, una ventana abierta a todo, a todo, a nuestros hijos sin filtros, que es mejor molestar cuando se va a comer a un restaurante y educar en cómo se debe estar en la mesa, que dar una pantalla para que no moleste. Los niños y adolescentes tienen el derecho de ser oídos no sólo cuando tienen algo que decirnos, sino cuando juegan, muy importante para su desarrollo. ¿Quién no echo de menos sus voces en la pandemia?
Se hace necesario contrarrestar todos estos efectos en los distintos ámbitos donde nuestros hijos se encuentra. Como padres debemos asegurarnos de, por lo menos, estar virtualmente en sus mundos, y de formarnos para conocer la liga en la que juegan, tenemos la obligación de estar alerta a las señales que nuestros hijos no verbalizan: comportamientos extremos, desinterés excesivo o aislamiento enfermizo, pueden darnos la clave para buscar ayuda profesional a tiempo, la diferencia o ese hilo invisible que existe entre prevención, crisis y recuperación.
Siempre fue necesario el pacto tácito entre escuela-familia, pero hoy más que nunca, junto a otros agentes educativos, se deben promocionar los hábitos saludables, la comunicación asertiva, establecer límites claros y coherentes y llegar a su corazón, porque sólo así se podrán verbalizar, en ese entorno seguro anteriormente citado, lo que realmente les preocupa. Es el primer paso para poderlo ayudar.
Conclusión
El “poder” que tenemos como familias, como principal agente de educación de sus hijos, y además de proporcionarles lo mejor para su desarrollo en plenitud, tal y como establece el famoso artículo 154 del Código Civil, es darles nuestro ejemplo y tener mucha capacidad de olvido y perdón: si queremos que lean, tendremos que leer… si queremos que suelten el móvil, tendremos que brindarles oportunidades de que nos vean sin el móvil. Los niños, nuestros hijos, son depósitos llenos de sueños, esperanzas, ilusiones, viajes, de encuentros, de amigos, … todo agitado esperando a poner en orden, en el que el más mínimo movimiento de esa cosas que él considera importantes, provoca o puede provocar una reacción inusitada. Si no cuidamos su salud mental, si ignoramos sus emociones, sus intereses, no brillarán y nuestra sociedad se tornará frágil. El dolor no desaparece sólo si no se atiende, se transforma y puede convertirse en agresión, aislamiento o trastorno de la personalidad, incluyo en problemas mayores como conductas psico o sociopáticas.
Invertir en salud mental es invertir en una sociedad sana, preparada para el futuro. La alianza profesores y familia hace posible construir un entorno educativo saludable, donde el aprendizaje, el bienestar emocional y la vida, vayan de la mano.
Una conversación a tiempo, una palabra clave en un momento, puede devolver la luz a la mente de un niño, ese clic que puede arreglarlo todo, ese estar ahí y leer entre líneas lo mejor que tenemos en nuestras vidas, ellos. Vidas que deben ser cuidadas, comprendidas y acompañadas, es el difícil papel de las familias y quizás, cuando ves los frutos, con el que más orgullo te puedes sentir. Por Ángela Melero. Presidente de CONCAPA Nacional»
Desde CONCAPA agradecemos el compromiso de las distintas entidades firmantes para conseguir el bienestar educativo de nuestros hijos, la dedicación de los profesionales de la educación y la búsqueda constante de herramientas, recursos y formación para conseguir su bienestar no sólo emocional sino psicológico, procurando que gestiones emociones, frustraciones,… porque la educación además de ocuparse de la mente y el cuerpo también se debe ocupar del alma.
Fotos cortesía de infocop.es”